05 de Agosto 2019 Opinión
El cambio cultural y político que reclama el presente

Pablo Viana | Montevideo, Uruguay

 

La élite dirigente del Río de la Plata junto al resto de la sociedad padece el grave vicio de vivir en el pasado y evaporar el presente en elaborados y finos diagnósticos que pocas veces buscan un bien a largo plazo.

 

La inmediatez de la coyuntura nos inclina por soluciones rápidas, que permitan sobrevivir por un ciclo electoral más. Los ciudadanos somos cómplices y pagamos con creces la no participación, la desidia por lo público y la comodidad de esperarlo todo del Estado.

 

Con el horizonte en el primer cuarto del siglo XXI, permítame el lector mirar con nostalgia los inaugurales cien años de vida de nuestras naciones, tiempos de pujante crecimiento económico y cultural que supieron colocarnos en un nivel de relevancia en la escena internacional. Un siglo después, debemos asumir un abismal y penoso fracaso en muchos ámbitos.

 

Frente a este estado de situación, las nuevas olas políticas en la región han prometido traer aire fresco y remedio a todos los males. La situación actual podría dar lugar a propuestas consensuadas que de una buena vez nos hagan abrazar el inicio de una etapa superadora.

 

Algunos aspectos del añorado pasado pueden brindarnos elementos de inspiración. Cabe preguntarse entonces: ¿de dónde tomaba la sociedad rioplatense del primer de siglo de vida el conjunto de ideas rectoras que permitieron a nuestros países un desarrollo significativo? Sin lugar a dudas y entre otros personajes, la prédica de Juan Bautista Alberdi en ambos márgenes del Plata fue decisiva y tuvo mucho que ver. El pensamiento alberdiano recogía los principios de la República planteados por Locke en Inglaterra, y por Madison, Jefferson y Franklin en la Constitución de los Estados Unidos. Manuel Solanet, en su libro Diez lecturas sobre la Argentina[1], hace referencia a cómo la generación del 37 hizo de la desunión una oportunidad para encontrarse y alcanzar una notable transformación del país, que se tradujo en un progreso exponencial. En sintonía con la realidad argentina, Uruguay recorrió un camino similar con el fin de la Guerra Grande y la construcción de un Estado moderno y liberal que vería sus frutos en el último cuarto del siglo XIX, tornándose en ocaso hacia principios del siglo XX, donde ya aparecían las primeras intenciones dirigistas que convertirían a Uruguay en la cuna del Estado Benefactor.

 

Lo que ha sucedido entre ese escenario y el actual es redundante detallar. ¿Cómo motivar entonces un cambio de situación en la actualidad? Es imprescindible crear un marco político de entendimiento y cooperación que haga viable transformar el consenso en políticas de Estado, en acciones sostenidas en el largo plazo. Ese deseado acuerdo se ve siempre limitado, en gran medida, por los enfrentamientos respecto a la interpretación moral de los hechos de la historia reciente, en posiciones radicales fuera del sentido común que derivan en odio, censura y persecución. Esta polarización permanente impide cualquier entendimiento sobre las cuestiones del presente y limitan gravemente el futuro. La reconciliación es una necesidad y un deber ineludible para ingresar en una etapa superadora en la vida de nuestros países.

 

Por otra parte, asistimos, tanto en Uruguay como en Argentina, a una actividad política que sólo busca lograr o mantener el poder per se, preparando el caldo de cultivo al populismo y la corrupción. La ciudadanía debe recuperar en su sentido más amplio la representatividad y la transparencia, y que este proceso abra el paso a la construcción de partidos políticos con vocación democrática y republicana, que en sus idearios promuevan doctrinas compatibles con el progreso y los valores trascendentes del hombre.

 

Nuestros países adolecen de fallas estructurales: los problemas de independencia de los poderes del Estado, con mayor gravedad en Argentina, a pesar de los esfuerzos del gobierno actual, y en Uruguay con un sostenido y acuciante deterioro, impiden la vigencia plena de las garantías constitucionales y dan lugar a un adulterado Rule of Law[2]. Debemos convencernos de que la defensa irrestricta de los derechos a la vida, libertad y propiedad, el restablecimiento de las jerarquías sociales de las fuerzas de seguridad, y el mantenimiento del orden público, no deben ser considerados como amenazas a la Democracia, sino como la salvaguarda de ella.

 

En el plano institucional, Argentina debe refundar su federalismo equilibrado, acorde a la constitución del 53, procurar una participación equitativa de las provincias, y buscar la descentralización real de Buenos Aires. Uruguay ha de enfocar sus esfuerzos en el desarrollo integral de otras regiones del país, revitalizando su infraestructura mientras se posiciona como hub logístico de la Cuenca del Plata. Ambos países deben bajar la presión impositiva sobre el sector productivo y abrazar con fervor la economía de libre mercado.

 

Sumado a todo lo anterior, no debe olvidarse la necesidad de reformar los anacrónicos sistemas educativos, promover un decrecimiento paulatino de las políticas sociales asistencialistas, procurar una coexistencia sustentable con el medio ambiente, y cuidar con esmero el aporte a las relaciones con un mundo cada vez más multipolar y complejo. Todas éstas deberían constituirse como “emergencias de Estado” para ser abordadas por un amplio acuerdo a lo ancho -involucrando a todos los actores- y a lo largo -pensando en los próximos cien años y las generaciones que construirán su historia-.

 

Las reformas estructurales sólo pueden darse sobre un simultáneo cambio cultural; una cultura compartida estabiliza la interacción humana, pero es también un sistema de valores. Y cuando ese sistema falta, la sociedad simplemente no puede funcionar, porque sin valores no hay propósito ni significado.

 

Para que nuestras democracias no sean meramente formales; para que nuestra seguridad jurídica y la protección de nuestra libertad no sean aparentes sino reales; hoy más que nunca debemos reivindicar la grandeza del individuo. Al decir de Jordan Peterson, hay que asumir tanta responsabilidad como sea posible por la vida propia, la sociedad y el mundo; de lo contrario, sólo queda “el horror: la creencia autoritaria, el caos del Estado colapsado, la catástrofe, la angustia existencial y la debilidad del individuo sin propósito”.[3]

 

Esta segunda mitad del 2018 y todo el 2019 son tiempos electorales. Tengamos el propósito de construir consensos reales que sean diáfanos y ecuánimes, mostrando compromiso con un cambio en pos del desarrollo.

 

* * * * *

 Referencias:

 

[1] Solanet, Manuel. “Diez lecturas sobre la Argentina”, Ed. Libertad y Progreso. Buenos Aires, 2017.

 

[2] Moreno, Francisco. “La Rule of Law adulterada”, Instituto Juan de Mariana. Madrid, 2006. https://www.juandemariana.org/ijm-actualidad/analisis-diario/la-rule-law-adulterada

[3] Peterson, Jordan. “Maps of Meaning: The Architecture of Belief”, Ed. Routledge. Alberta, 1999.

 

* * * * *

 

Las ideas aquí expresadas pertenecen al autor del artículo y no necesariamente son las de la Fundación Rioplatense de Estudios.

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