20 de Septiembre 2019 Opinión
La virtud del conservadurismo

Juan Ignacio N. Catá | Buenos Aires, Argentina


Minutos antes de dedicarme a escribir este artículo, me encontraba leyendo al mundialmente aclamado psicólogo de la Universidad de Toronto Jordan B. Peterson en su libro más reciente “12 Reglas Para Vivir: Un Antídoto al Caos” (autor y libro que recomiendo fervientemente), quien en su primera regla expresa: “En biología, decir que la evolución es conservadora resulta un “truism” (palabra inglesa, que significa verdad obvia o evidente, de sobras conocida). Cuando algo evoluciona, tiene que partir de aquello que la naturaleza ya ha producido. Puede que se añadan nuevos elementos y algunos de los antiguos quizá sufran alguna alteración, pero la mayor parte de las cosas se quedan igual. Es por ello que las alas de los murciélagos, las manos de los seres humanos y las aletas de las ballenas resultan extraordinariamente similares en su forma esquelética. Tienen incluso el mismo número de huesos. Y es que la evolución estableció las bases de la fisiología hace mucho tiempo.” Y de este fragmento, además de su riqueza científica, algo me quedó resonando. Y eso era la palabra “conservadora”.


El Conservadurismo es un concepto polémico al que en los últimos tiempos se le ha adjudicado todo tipo de malas connotaciones. En tiempos dónde el progresismo es rey en medio de la opinión pública, ser Conservador es mala palabra. Es ser “nazi”, “facho”, “retrógrado”, un ser proveniente del siglo XVIII, etc. Y ante estas afirmaciones siempre sentí que las mismas eran erróneas y que están muy lejos de ser lo que dicen sostener. Al contrario, ser conservador es una virtud que ha llevado a Occidente al progreso a lo largo de los últimos siglos junto con las ideas del capitalismo. Esto es lo que me lleva a escribir esta nota de opinión para tratar de defender y explicar un poco más mi postura.


¿Qué es ser conservador? En mi opinión, ser conservador se puede explicar bajo el siguiente concepto. Ante la llegada de una idea o producto nuevo, ya sea un avance tecnológico (por ejemplo la ya conocida Inteligencia Artificial), un nuevo concepto económico-político (como es el “Green New Deal” presentado en Estados Unidos por la congresista del partido demócrata Alexandria Ocasio-Cortez), o ideas proclamadas por multitudes (como la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo o la introducción del “lenguaje inclusivo”), el conservador, lejos de descartar las ideas de antemano sólo por ser nuevas, debe informarse primero en profundidad sobre las mismas y luego podría hacerse preguntas como las siguientes: ¿Cómo afecta este nuevo concepto a lo ya establecido?, ¿El impacto será positivo o negativo en el largo plazo?, ¿Ha ocurrido en el pasado algún suceso de similares características y que estén a la vista sus consecuencias?, entre otras de la misma índole, que permiten analizar no sólo la naturaleza de las mismas sino también la repercusión que tendrán en nuestra sociedad y en nuestra historia.


Ser conservador no es simplemente querer vivir bajo conceptos ya anticuados y que deben ser reemplazados (como dicen los “progres” sobre nuestro querido Lenguaje Español). Ser conservador es, como explica Jordan Peterson en su libro, mejorar lo ya existente, pero sin introducir cambios que puedan ser contraproducentes en el largo plazo. Este concepto tiene su contracara en el progresismo, que acepta nuevas ideas sin analizar sus consecuencias, dejándose llevar ya sea por seductores discursos de líderes populistas, por ocultos intereses externos, o por simplemente meros sentimientos e impulsos primitivos.


De hecho, si observamos con más detenimiento, muchas veces los “progresistas” son más conservadores de lo que ellos piensan, y lo quiero explicar con el siguiente ejemplo. La tecnología ha avanzado a pasos agigantados en las últimas décadas, y más rápidamente en los últimos años, siendo uno de sus últimos logros la “Inteligencia Artificial”, que hace que tediosas y peligrosas tareas antes llevadas a cabo por humanos puedan ser realizadas por máquinas, entre otras cosas, trayendo consigo una alta reducción de los costos de producción y una mejora en la calidad de los productos. Esto ha sido catalogado como preocupante por la opinión pública dominante y por el progresismo a nivel mundial, debido a que según los mismos se perderían millones de puestos de trabajo y simplemente las máquinas reemplazarían a los humanos en la vida laboral. Al mismo tiempo, traen alternativas “novedosas” como el ya fracasado en Finlandia “Ingreso Universal” o proponiendo regulaciones estatales a este nuevo avance de la ciencia y la tecnología.

 

El autor americano Vinnie Mirchandani en su libro “Silicon Collar: An Optimistic Perspective on Humans, Machines, Jobs” establece que: “Las máquinas se volverán nuestros colegas, y no deberíamos estar preocupados sobre el aumento de su presencia en el futuro”, y continúa, “en todo caso, tomarán nuestros trabajadores sobresalientes y los harán incluso mejores”. Pone también como ejemplo de esta comunión entre artesanos y máquinas el caso de la cultura japonesa, donde los mismos conviven armoniosamente en la producción de bienes de calidad, y establece que “La humanidad tiene una larga historia de apreciamiento hacia ambos. Nunca nos cansaremos del toque humano, sin importar cuán imperfecto pueda parecer en comparación con las máquinas”, escribe, mientras cita como ejemplo los últimos productos de Apple.


Suena debatible al “Armagedón” progresista, ¿no? O será que estas mejoras llevarían a la humanidad al progreso, como lo han hecho las distintas revoluciones industriales y las ideas capitalistas, pero van en contra de las ideas de la “revolución”. En todo caso, solo basta poner el foco en países donde las ideas de la Izquierda Progresista son llevadas a fondo, como por ejemplo Cuba o Corea del Norte, o mismo Venezuela, donde enfermedades que habían sido erradicadas hace décadas vuelven a florecer. Y no es necesario irse tan lejos, simplemente dándose una vuelta por el Tercer Cordón de La Matanza, bastión populista por excelencia, para sentir que nada del progreso de las últimas décadas ha ocurrido, y que seguimos a mediados del siglo pasado, sino antes. Suena retrógrado, ¿no?

 

 

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Las ideas aquí expresadas pertenecen al autor del artículo y no necesariamente son las de la Fundación Rioplatense de Estudios.

 

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