18 de Agosto 2020 Internacionales y politica
Todos los acuerdos del acuerdo entre Israel y los EAU

Uriel Mendelberg | Buenos Aires, Argentina

 


El 13 de agosto, en medio de la crisis mundial por el coronavirus y ante la sorpresa del mundo, Donald Trump anunció que Israel y los Emiratos Árabes Unidos habían llegado a un acuerdo de normalización de las relaciones bilaterales con ayuda de la mediación norteamericana. El mismo, que será conocido oficialmente como Abraham Accords, nunca hubiera sido posible de no ser por la fuerte alianza que mantiene Estados Unidos con ambos países y por la enemistad que los dos tienen con Irán (Borges diría que no los une el amor sino el espanto). Sin embargo, se ocultan al mismo tiempo muchos acuerdos dentro de uno solo. El tratado que firmarán los líderes en cuestión en las próximas semanas es muy importante, pero es solo la cara visible de un considerable número de cambios que se vienen en una de las regiones más conflictivas del mundo. No es lo mismo lo que firmará Netanyahu que lo que firmará Mohamed bin Zayed. Tampoco es lo mismo lo que firmará Trump, ni cómo lo interpretarán Egipto, Irán, la OLP, Arabia Saudita o los demás países del Golfo Pérsico. Vayamos por partes para comprenderlo mejor.


El primer acuerdo es el acuerdo en sí. En el mismo quedará registrado que los EAU reconocen la existencia del Estado de Israel como tal (serán el tercer Estado árabe en hacerlo, luego de Egipto y Jordania) y que en consecuencia se establecerán embajadas con misiones diplomáticas permanentes de cada país en el otro. Se permitirán vuelos directos entre Abu Dabi y Tel Aviv, y se acordará en materia de turismo, inversión, tecnología, cooperación en la lucha contra el coronavirus, telecomunicaciones y seguridad, entre otras áreas de beneficio mutuo. Israel, a cambio de eso, frenará su proyecto de anexión en algunas partes de West Bank (Cisjordania) y asegurará el fácil acceso de fieles musulmanes a sus lugares sagrados en la Ciudad Vieja de Jerusalén. El acuerdo, o esta cara del acuerdo, es un win-win-win: ganan las tres partes involucradas porque gana la diplomacia, la mesura y la cooperación, y se impone la paz por sobre el odio, o al menos así es como lo venden hacia el mundo los líderes que lo alcanzaron. Al interior de cada Estado, como veremos, los relatos se acomodan a las coyunturas y necesidades políticas.


Para Trump este anuncio significó una victoria muy necesaria de cara a las elecciones del 3 de noviembre próximo. Es, de alguna manera, un gol que lo pone en partido a falta de veinte minutos para el final, cuando parecía que perdía. El “Pacto del Siglo” que anunció el año pasado junto con el Primer Ministro Netanyahu había sido ampliamente rechazado y era pensado como un fracaso, y este logro supone una oportunidad para relanzarlo o al menos lavar su imagen. Además, al confirmar el acuerdo estratégico entre dos de sus mayores aliados en Medio Oriente, Estados Unidos robustece la coalición en contra del régimen Iraní, uno de sus mayores enemigos y cada vez más cercano a China. De esta manera, refuerza su posición en la región y aísla un poco más a sus contrincantes. Biden, para no quedarse atrás, salió rápidamente a felicitar a las partes por el importante logro y aseguró que esto es el resultado de una larga negociación de la cual él fue parte como vicepresidente de Obama.


Para Netanyahu el acuerdo llega en el momento en el que más lo necesitaba: cuando su gobierno de coalición corría peligro de desvanecerse ante las incesantes protestas de parte de la sociedad civil en las puertas de su residencia. Un mal manejo de la crisis del Covid-19, un gobierno paralizado por sus diferencias internas irreconciliables, las causas de corrupción ante las que tiene que responder el Primer Ministro y la constante amenaza de los cohetes que a diario caen sobre territorio israelí cortesía de Hamas y Hezbollah, son algunos de los dramas que mantenían despierto por la noche a “Bibi”. Con este acuerdo, Netanyahu se anota un triunfo pero se gana nuevos problemas, ya que el ala dura de su gobierno mantiene la esperanza de anexar Cisjordania y los Abraham Accords ponen eso en pausa. Los colonos judíos en West Bank, a quienes el propio Netanyahu les había prometido que Israel ejercería soberanía sobre dichos territorios, se sintieron traicionados por su líder. En respuesta, el Primer Ministro aseguró que su país no desistió de la anexión, sino que momentáneamente debe frenar el proyecto, y se reserva el derecho de retomarlo si el acuerdo con los EAU se cayera. La narrativa del gobierno israelí incluye el hecho de haber conseguido un acuerdo de tipo “paz por paz”, a diferencia de los conseguidos previamente con Egipto y Jordania, que eran de tipo “paz por tierra”. Es decir, Netanyahu puede decir que es el único mandatario de la historia israelí en no ceder territorios y aún así conseguir la paz con un Estado árabe, como explicó Ezequiel Kopel, autor de “La disputa por el control de Medio Oriente”.


Mohamed bin Zayed (MbZ), príncipe de los Emiratos, también tiene su propia versión del acuerdo. La narrativa elegida por la monarquía emiratí incluye la noción de que lograron “frenar el avance israelí sobre territorios palestinos” y mantener viva la esperanza de una solución de dos Estados (Israel y Palestina), según lo dicho por ministros del propio gobierno. De esa manera, un histórico aliado de la causa palestina justifica el hecho de reconocer al Estado de Israel y establecer relaciones formales, algo que había rechazado hacer hasta el momento aunque la relación informal con el Estado Judío ya existía con anterioridad. Esto, fortalece su posición contra Irán y los grupos radicales que la República Islámica patrocina, a los que tanto temía MbZ tras la caída de numerosos gobiernos en la región desde la Primavera Árabe en 2011. Como si fuera poco, los EAU se pueden proyectar hacia el mundo como un Estado moderno, pacífico, cercano a Occidente y distanciado del fundamentalismo religioso.


La OLP, paradójicamente, recibió el acuerdo como lo hicieron en los asentamientos judíos en West Bank: “nos sentimos traicionados y condenamos enérgicamente el acuerdo”, dijeron desde cuentas oficiales de la Organización en las redes sociales. Para los palestinos el acuerdo significa la satisfacción momentánea de saber que Israel no anexará los territorios que consideran propios, a la vez que el dolor de lo que describen como una puñalada por la espalda de uno de sus más cercanos aliados. En definitiva, sienten que su posición es mucho más débil que antes, y saben que todavía puede empeorar si este acuerdo se transforma en una ola de acuerdos con muchos otros Estados árabes que, de alguna manera, le quitarían su apoyo a la causa palestina.


Hasta aquí tenemos el acuerdo en sí, el acuerdo de Trump, el acuerdo de Netanyahu, el acuerdo de MbZ y el que interpreta la OLP. Todos esos acuerdos distintos se diferencian a la vez del acuerdo que concibe Egipto (su presidente El-Sisi fue uno de los primeros en felicitar a las partes y es lógico que así haya sido: es enemigo de Irán y los tenía a israelíes y emiratíes como aliados), y del que conciben Arabia Saudita y el resto de los países del Golfo Pérsico (muchos de ellos ya mantienen relaciones informales con Israel y también quieren debilitar a Irán, por lo que toman esto como una invitación a forjar sus propios acuerdos).


Todos ellos son diferentes, además, del acuerdo que interpreta Irán: su posición se ve debilitada, es cierto, pero tiene vía libre para fortalecer su alianza con China y la excusa perfecta para fomentar la radicalización entre las sociedades civiles en todos los países de la región que estarán desilusionadas con sus gobiernos por pactar con “el enemigo sionista”.


En definitiva, son tantos los acuerdos que se esconden dentro de lo pactado entre Israel y los Emiratos que es imposible enumerarlos y definirlos a todos. Lo más importante, en todo caso, es cómo el paso del tiempo impactará sobre cada uno de ellos y afectará los equilibrios de poder en la región. Lo anunciado por Trump abre las puertas a un momento histórico, una ventana de oportunidad como hace mucho no veíamos, una posibilidad certera para fortalecer la relación entre Israel y sus vecinos árabes, pero también al enojo y la desesperanza de musulmanes y judíos que puede derivar en situaciones más inestables que aún no conocemos. Esperemos, entonces, a ver cuál de todos esos acuerdos es el que se impone en la historia.

 

 

* * * * *


Las ideas aquí expresadas pertenecen al autor del artículo y no necesariamente son las de la Fundación Rioplatense de Estudios.

 

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